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Hispanic literature

Sacramentos en orden (ESP, ENG, SLO)

A tale by Arancha Naranjo

Sacramentos en orden

Arancha Naranjo

La señorita Gaby lo sabe, va a ser un día duro. Habrá problemas. Cada vez que se levanta con el pie izquierdo algo se tuerce. Hoy además es el funeral de la tía Berta, una octogenaria que había representado el estilismo de los pelos de la ciudad. Dejaba las mejores cabezas peinadas en toda la comarca.
Una afrancesada su tía. Cree acordarse bien de ella, alta, erguida y esbelta; el pelo rubio marcado con ondas y laca. Vestida siempre al último grito con colores primarios y chillones, entre azules, rojos y amarillos. Zapatos a juego con el bolso de mano. Como ella decía “yo no sigo la moda, yo la creo”. Sobre el pecho un camafeo con cadena de plata, donde guardaba el primer mechón de pelo que cortó. En las cenas de Navidad era el alma de la fiesta con sus historias de la peluquería, nada que ver con el resto de muermos de la familia.
La señorita Gaby se ciñe bien la falda tubular en cuero negro, elige un sujetador en rojo y una blusa con transparencias y encajes negros. Unas gotas de perfume en las muñecas, y antes de salir para la iglesia, se sirve dos dedos de whisky sin rebajar en un vaso de la cocina.
Saborea el brebaje como un conjuro para afrontar el hastío familiar. Ya de por sí unos parientes carentes de interés, claro ejemplo de nuevos ricos, solo preocupados por ocupar portadas de sociedad y servir como modelo de elegancia.
Media botella después, sale con prisa, un último lametazo a las gotas de whisky de sus labios y el vaso lo deja lleno de agua en el fregadero. La señorita Gaby aparca en la calle adyacente a la Magdalena, la iglesia católica neoclásica que se alza en el centro de la ciudad. Antes de bajar se quita las deportivas y se calza los zapatos de aguja, como le había enseñado la tía Berta, “los tacones, solo para las fotos”.
Se siente un poco inestable sobre los dieciocho centímetros en el talón, pero consigue mantener el equilibrio para acercarse por el pasillo central de la iglesia hasta el ataúd, que han dejado abierto para el último adiós. Los más timoratos pueden conformarse con una foto en grande y a todo color de la peluquera con unas tijeras en la mano, colocada al lado de la epístola. La señorita Gaby se acerca dos dedos a sus labios y luego los deposita en los de su tía. Debía haberlos humedecido con whisky, no había estado lo suficientemente atenta a la ceremonia del adiós.
Mientras baja a sentarse en uno de los primeros bancos su hermana le hace un sitio en primera línea, no tiene tiempo de esquivarla, porque su mano la coge de la muñeca y le da un efusivo abrazo. Cabezas apoyadas sobre los hombros contrarios, puede ver a sus sobrinos justo detrás de ellas, vestidos de marineritos, peinados con una raya en medio y una sonrisa de repelentes niños mimados. Solo consigue dar un suspiro y se deja caer en el banco.
Allí sentada, espera la salida del párroco. ¡Qué familia tan tolstoyana! No lograba recordar, pero, en alguna ocasión, su tía le había confesado que ella no estaba bautizada debido al estallido de la guerra, y ya de adulta no había tenido la necesidad de apuntarse a ninguna confesión. A su tía lo que realmente le gustaba era el cine de Woody Allen, y si tenía que hacerse judía para recibir sus chistes en primicia lo hacía. Se preguntaba si se podía hacer un funeral a una persona que no estaba bautizada.
De la sacristía sale un cura vestido con casulla blanca y estola morada en un intento de transmitir esperanza y duelo. A la señorita Gaby le parece un hombrecillo pequeño, de voz meliflua a la moda de los años treinta. Casi no logra oírlo. ¡Por dios, qué aburrimiento! Desvía la vista a la izquierda y puede ver a su prima Casilda con un pañuelo en la mano, debe de estar acatarrada, porque no se imagina a la foca esa llorando por su tía. ¡No podrían haber buscado un orador un poco más vivo! ¡Vamos a morir todos de un tedio piadoso!
El whisky empieza a hacer efecto en Gaby, que se gira para mirar al fondo buscando algo más entretenido. En la cuarta fila están los primos de San Gervás. ¡Vaya pipiolos! Bigote fino, bien recortado; pelo ordenado y engominado. Detrás está la gerente de la cadena de peluquerías, media melena con puntas onduladas hacia dentro al más puro estilo maruja. ¡Había llegado la decadencia!
Su hermana le recrimina al oído que debe darse la vuelta y seguir al sacerdote, pero la señorita Gaby, los ojos entrecerrados, el rictus diabólico, le suelta un sonoro beso y sale hacia el atril. Delante del micrófono, se dirige al público:
“Queridos todos. Tomo la palabra, porque creo que tía Berta se merece una despedida más emotiva. Gracias a ella, la familia ha vivido de abrir peluquerías en la región. El éxito fue suyo, de su ingenio y de su conocimiento del alma humana. Abrió su primer salón de belleza en el centro de la ciudad, entre sucursales de bancos e iglesias. Buscó un apartamento en la planta principal de un edificio antiguo de techos altos y balcones franceses con vistas a la plaza. Supo buscar la exclusividad. Lo decoró copiando el sillón Mae West de Dalí, carnosos labios rojos, que cambió por amarillos en contraste con la cerámica azul Prusia del suelo. Los secadores fijos fueron el último grito sobre butacones con reposapiés. Las paredes las cubrió de espejos de Art Déco. Y lo que fue la clave de su fama: supo atenuar la monotonía de la espera, con su gran amiga, Leonor que leía el tarot a las clientas, sustituyendo a las revistas del corazón. Las dos comprendían muy bien a aquellas mujeres aburridas y ociosas, que solo iban a la peluquería para buscar los cotilleos. ¡Y qué mejor que los de su ciudad en lugar de los de las celebridades de la capital!
Así era la tía. Ella y Leonor fueron las creadoras de nuestra acomodada vida. Y ahora despedimos a Berta, que para que lo sepáis no estaba bautizada, ni había hecho la comunión, ni por supuesto se había podido casar con Leonor. ¡Válgame dios, lo he dicho todo!”
Gaby se ha ido exaltando con el panegírico, deja el micrófono, los ojos llorosos; vuelve al banco, pero en el camino tropieza con el ataúd y cae al suelo abrazada su tía. Mientras se oye decir al cura en su tono de seis octavas más alto “si no está bautizada, no podemos darle sepultura; la iglesia tiene un orden en sus sacramentos, debemos empezar por el bautismo…”


Zakramenti po vrsti

Arancha Naranjo

Gospa Gaby ve, da bo težak dan. Težave bodo. Vsakič, ko vstane z levo nogo, gre nekaj narobe. Danes je tudi pogreb tete Berte, osemdesetletnice, ki je zastopala frizerstvo mesta. Zapustila je najbolje počesane glave v celotni regiji.

Kvazi francoska teta. Misli, da se je dobro spominja, kot visoke, pokončne in vitke; svetli lasje zaznamovani z valovi in ​​lakom za lase. Vedno oblečena po zadnji modi s primarnimi in bleščečimi barvami, modrimi, rdečimi in rumenimi. Ujemanje čevljev s torbico. Kot je rekla: “Ne sledim modi, jaz jo ustvarjam.” Na prsih je imela kamejo s srebrno verižico, kjer je obdržala prvi pramen las, ki ga je postrigla. Na božičnih večerjah je bila s svojimi zgodbami o frizerskem salonu, ki niso imele nobene zveze z ostalo družino, življenje zabave.

Gospodična Gaby dobro nosi svoje črno usnjeno cilindrasto krilo, izbere rdeč modrček in prosojno bluzo s črno čipko. Nekaj ​​kapljic parfuma na zapestjih in preden odide v cerkev, v kuhinjski kozarec nalije za dva prsta viskija.

Zmes uživa kot urok za obvladovanje družinskega dolgčasa. Nekateri sorodniki so že brez zanimanja, jasen primer nouveau riche, ki se ukvarjajo le s tem, da zasedajo prve strani družbe in služijo kot vzor elegance.

Pol steklenice kasneje odhiti ven, še zadnji obliz kapljic viskija z njenih ustnic in že je kozarec napolnjen z vodo v umivalniku. Miss Gaby parkira na ulici poleg Magdalene, neoklasične katoliške cerkve, ki stoji v središču mesta. Preden se odpravi dol, sezuje superge in obuje visoke pete, kot jo je naučila teta Berta, »štikle, samo za fotografije«.

V približno štirinajst centimetrskih petah se počuti nekoliko nestabilna, vendar se uspe uravnotežiti, ko se sprehodi po osrednjem hodniku cerkve do krste, ki je bila odprta za zadnje slovo. Plašnejši se lahko zadovoljijo z veliko, barvno fotografijo frizerke s škarjami v roki, ki je postavljena poleg epistola.

Gospodična Gaby pritisne dva prsta k ustnicam in ju položi na tetine. Gotovo jih je navlažila z viskijem, na poslovilni obred ni bila dovolj pozorna.

Ko hodi dol, da bi se usedla na eno prvih klopi, ji sestra naredi prostor v prvi vrsti in nima časa, da bi se ji izognila, saj jo sestrina roka zgrabi za zapestje in ji da vnet objem. Z glavo, naslonjeno na nasprotna ramena, zagleda svoje nečake, oblečene v mornarje, z razdelkom na sredini glave in nasmehom nadležnih, razvajenih otrok. Uspe ji le izdihniti in se zgrniti na klop.

Tam sedi in čaka, da duhovnik odide. Kakšna tolstojska družina! Ne more se spomniti kdaj, toda ob neki priložnosti ji je teta priznala, da zaradi izbruha vojne ni bila krščena in se ji kot odrasli ni bilo treba prijaviti na spoved. Njeni teti so bili všeč filmi Woodyja Allena, in če je morala postati Židinja, da bi razumela njegove šale, je to storila. Sprašuje se, ali je pogreb mogoče dati osebi, ki ni bila krščena.

Iz zakristije pride duhovnik, oblečen v belo kazulo in vijolično štolo, da bi izrazil upanje in žalovanje. Gospodični Gaby se zdi kot majhen človek, z medenim glasom po modi tridesetih let. Komaj ga posluša. Za Boga, kakšen dolgočasnež! Pogleda na levo in vidi svojo sestrično Casildo z robčkom v roki. Gotovo je prehlajena, saj si ne more predstavljati, da bi ta tjulenj jokal za svojo teto. Mar niso uspeli poiskati živahnejšega govorca! Vsi bomo umrli od pobožnega dolgčasa!

Viski začne delovati na Gaby, ki se obrne nazaj in skuša poiskati nekaj bolj zabavnega. V četrti vrsti so bratranci San Gervása. Dajmo mulci! Fini brki, dobro porezani; urejeni in gladki lasje. Za njimi je vodja frizerske verige, srednje dolgi lasje z valovitimi konicami v najčistejšem stilu maruja*. Prišla je dekadenca!

Sestra jo okara na uho, naj se obrne in posluša duhovnika, a gospodična Gaby z zoženimi očmi in zlobnim nasmeškom izpusti glasen poljub in se odpravi h govorniškemu poltu. Pred mikrofonom nagovori občinstvo:

“Spoštovani. Pred vami stojim, ker menim, da si teta Berta zasluži bolj čustveno slovo. Zahvaljujoč njej se je družina preživljala z odpiranjem frizerskih salonov v regiji. Uspeh je bil njen, njena iznajdljivost in njeno poznavanje človeške duše. Svoj prvi kozmetični salon je odprla v središču mesta, med bančnimi poslovalnicami in cerkvami. Iskala je stanovanje v glavnem nadstropju stare stavbe z visokimi stropi in francoskimi balkoni s pogledom na trg. Znala je iskati ekskluzivnost. Okrasila ga je tako, da je kopirala Dalíjev naslanjač Mae West, mesnate rdeče ustnice, ki jih je spremenila v rumeno v nasprotju s prusko modro keramiko tal. Najnovejši trend so bili naslanjači s fiksnimi sušilniki z nasloni za noge. Stene so bile prekrite z Art Deco ogledali. In kaj je bil ključ do njene slave: s svojo drago prijateljico Leonor, ki je strankam brala tarot, je znala ublažiti monotonijo čakanja in s tem nadomestila revije za trače. Obe sta zelo dobro razumeli tiste zdolgočasene in brezdelne ženske, ki so šle le k frizerju v iskanje tračev. In kaj je boljšega od tistih v vašem mestu namesto slavnih prestolnic!

To je bila teta. Ona in Leonor sta bili ustvarjalki našega bogatega življenja. In zdaj se poslavljamo od Berte, ki samo da veste, ni bila krščena, niti nima obhajila, niti se seveda ni mogla poročiti z Leonoro. Madona, vse sem povedala! “

Gaby, ki se je povzdigovala s hvalospevom, s solznimi očmi odloži mikrofon. Vrne se na klop, a se na poti spotakne ob krsto in objemajoča teto pade na tla. Vmes se sliši duhovnika, ki s šest oktav višjim tonom pravi »če ni krščena, je ne moremo pokopati; Cerkev ima red v svojih zakramentih, začeti moramo s krstom…


Sacraments in the Right Order

Arancha Naranjo

Miss Gaby knew it was going to be one of those days. From the moment her toast landed butter side down she knew there would be problems. Today is Aunt Berta’s funeral. A big name in hair styling in the city, at 80 years old she was leaving behind some of the best coiffured heads in the region.

Aunt Berta saw herself as French. Miss Gaby thinks she remembers her correctly – a tall, erect slender lady with lacquered blonde wavy hair. Always dressed in the latest fashion of primary and garish colours – blues, reds and yellows. Handbag to match the shoes. As she used to say – I don’t follow fashion , I create it. On her chest she used to wear a cameo on a silver chain, where she kept the first lock of hair she had cut. At Christmas dinners she was the life and soul of the party with her stories about the hair salon – nothing at all about the tedium of family life.

Miss Gaby squeezes into her black leather pencil skirt and goes for the red bra under a see through lacy black blouse. A few drops of perfume on her wrists , then before leaving for the church she pours herself two fingers of whiskey in a glass from the kitchen. She savours the concoction as if it was a spell to cope with the weariness she felt thinking of the family. The family are of no interest to her, true examples of the nouveau riche, only concerned with hitting the headlines as style celebrities.

Half a bottle later she rushes out, one last lick of the taste of whiskey on her lips, leaving the glass full of water in the sink. Miss Gaby parks in the street adjacent to Magdalena – the neoclassical catholic church that dominates the town centre. Before getting out she takes off her trainers and puts on her stilettos, as Aunt Berta had taught her – heels are just for photos!

She feels a bit unsteady on her 6 inch heels but manages to balance herself as she navigates the central aisle towards the coffin, which was left open for the last farewell. A large full colour photo of the hairdresser complete with a pair of scissors in hand had been left next to the obituary for the more faint hearted. Miss Gaby brings two fingers to her lips and then places them on her aunt’s. Still moist from the whiskey – she hadn’t really taken enough care getting ready.

While she goes to sit down on one of the first few rows her sister makes space for her on the front pew, and there’s no time to avoid her as she takes her by the wrist and gives her a gushing hug.

With their heads resting on opposite shoulders she sees her nephews right behind them, dressed as little sailors, with a parting down the middle and the smile of annoying spoiled children. All she can do is sigh and flop down into the pew.

Sitting there, she waits for the priest to appear. What a sanctimonious family.
She can’t remember when but on some occasion her aunt had confessed to her that she had never been baptised due to the outbreak of war and as an adult she had never needed to go to confession. What she really liked was Woody Allen films and if she had had to become a Jew to get his jokes the first time then she would. She’s wondering if you can have a funeral for someone who’s not baptised.

The priest came out of the sacristy dressed in his white chasuble and purple stole in an attempt to convey hope and mourning. He seems like a little man to Miss Gaby, with a mellow voice like the men from the 1930s. She can barely listen to him. For God’s sake, what a bore. She shifts her gaze to the left and notices her cousin Casilda with a handkerchief in her hand. She must have a cold because she cannot that old trout crying for her aunt. Could they not have found a more interesting speaker? We are all going to die of pious boredom!

The whiskey begins to take effect on Gaby and she turns to look at the back for something more interesting. On the fourth row she spots her cousins from San Gervas. Cool dudes! Fine moustache, well trimmed, neat and slick hair. Behind them the manager of the hairdressing chain, wavy mane in the true maruja style. The height of decadence.

Her sister reprimands her loudly that she should turn round and follow the service, but Miss Gaby, eyes narrowed, sneering devilishly, gives her a loud kiss and goes up to the lecturn. In front of the microphone she addresses the congregation.

Dear all. I am taking the stand because I think Aunt Berta deserves a more emotional farewell. Thanks to her the family has made a living opening hair salons in the region. The success was her ingenuity and her knowledge of the human soul. She opened her first beauty salon in the center of the city, between bank branches and churches. She looked for an apartment on the main floor of an old building with high ceilings and French balconies overlooking the square. She knew how to look for exclusivity. She decorated it by copying Dalí’s Mae West armchair, fleshy red lips, which she changed to yellow in contrast to the Prussian blue ceramic of the floor. Fixed dryers on armchairs with footrests were the latest buzz. The walls were covered with Art Deco mirrors. And what was the key to her fame: she knew how to mitigate the monotony of waiting, with her great friend, Leonor who read the tarot to the clients, replacing the gossip magazines. They both understood very well those bored and idle women, who only went to the hairdresser in search of the gossip. And what better than those of your city instead of those of the celebrities of the capital!
That was the aunt. She and Leonor were the creators of our affluent life. And now we say goodbye to Berta, who just so you know, was not baptised, nor had she made communion, nor of course had she been able to marry Leonor. Good grief, I’ve said it all!”

A tale by Anrancha Naranjo

Arancha Naranjo Lumbreras (Palencia, 1969). From Spain. Trained as a Historian and Librarian, she has also ventured into the world of Law and Public Administration. Presently, she is dedicated to writing, having stories published in several Anthologies. She is currently participating in a project coordinated by Liliana Blum that has emerged from the Sonia Higuera workshops.

One reply on “Sacramentos en orden (ESP, ENG, SLO)”

Con gran oficio de escritora,Arantxa nos aporta un entretenido y ameno relato.Como siempre no nos defrauda.

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